Siento que mi cuerpo se desdobla, que estoy, pero no termino de estar. O más bien, sé que soy, pero no sé dónde estoy.
Me siento a medio camino entre el cuerpo sano y el cuerpo enfermo. Parafraseando a Susan Sontag, estoy entre la ciudadanía del reino de los sanos y el reino de los enfermos.
Y mi cuerpo ya son dos y se trasponen uno y otro: el cuerpo sano que no termina de llegar y el cuerpo enfermo que no termina de irse.
El cuerpo sano se empeña en regresar, en decir, ‘ya estoy listo para hacer cosas, las que sean, para correr, para moverme’, y el cuerpo enfermo ’no, alto’ porque el cansancio se instala y simplemente no quiere irse, como el perro que se tira en medio de la calle sin deseos de caminar.
Subir las escaleras cuesta un poco más que antes, abrir el frasco de aceitunas exige aplicar el doble de fuerza que hace un par de semanas, sacar la basura, ni pensarlo, hay que cargar la bolsa y subir y bajar tres pisos y caminar una cuadra.
Y están los sentidos o más bien, la ausencia de los sentidos. No hay olor y no hay sabor.
Y la ausencia de esos dos desespera. Ahora que no están sí se les nota y se les extraña.
Crece la obsesión por recordar, por exigir a la memoria que ponga adelante el sabor de la sopa de fideo, de los chilaquiles con queso. ¿A qué sabe el café cuando no sabe a nada?
Y me pregunto a qué huele el día. Pienso en mis perros que se levantan en las mañanas y entran en trance para poner en práctica sus 220 millones de receptores olfativos y me digo que haré lo mismo que ellos cuando regrese la nariz. Me pararé en el balcón y me pondré a oler, sólo eso.
Y me aferro a ese deseo: volver a oler, volver a saborear, volver a ser un solo cuerpo. Y me consuela también darme cuenta de que ahora me pregunto lo que no me preguntaba: ¿a qué huele?, ¿a qué sabe?, ¿cómo está mi cuerpo?
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