EL COFRE DE REPUJADO

En diferentes momentos me han preguntado que de dónde saqué ese cofre en el que apenas caben un par de anillos y de pulseras.

Realmente carece de abolengo. No es un objeto que ha pasado de generación en generación y podríamos decir que incluso es feo con su cubierta de repujado de aluminio que tan de moda se puso en las clases de manualidades de los años 90 y que todavía vemos en las casas familiares en forma de marcos decorando fotografías añejas.

Pero mi cofre de repujado, con sus florecitas extrañas y su color entre dorado y plateado, ha pasado el ras en cada cambio de casa. He adquirido y sacado muebles. Unas veces me ha dolido desprenderme de unas ollas o unos libros. Otras veces de la mesa o del cuadro o de la silla o del dvd de los puentes de madison. Pero se han ido porque no me caben o porque he caído en eso que dicen de que hay que soltar y vivir con menos.

Y, sin embargo, el cofre se ha quedado.

Quizá es porque me une a mi hermana.

Quizá es porque ella lo hizo para mí hace más de 30 años.

Quizá es porque aunque casi no conversamos ni nos vemos porque así es la vida, ese cofre que abro y cierro para sacar y guardar mi anillo, me dice todos los días que sí ha pasado el tiempo, pero yo sigo siendo la niña de cuatro años a la que su hermana ocho años mayor le hace la sopa, le enseña a anudarse los tenis, la lleva de la mano en la calle y le pone una plana en la libreta con su nombre y con los números del 1 al 10 para que aprenda a leer y escribir.


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