El día que pude nadar

Tengo 12 años y estoy a la orilla del río Ramos. Con el agua que me llega a los tobillos pienso en los dos veranos que llevo intentando aprender a nadar en la alberca del deportivo de la Constituyentes de Querétaro. 

Mi mamá me lo dice todo el tiempo, -aprende a nadar, te va a salvar la vida en algún momento.  -Sí, má, sí voy a aprender.

Pero una cosa es lo que digo y otra lo que pienso. Y pienso que nunca me meteré al mar más allá de las rodillas, que nunca me subiré a un crucero porque me voy a caer y terminaré ahogada o como alimento de los tiburones. Y que nunca, nunca, nunca, viviré en una casa con alberca ni iré a una albercada ni nada que tenga que ver con agua. No importa, puedo vivir con eso.

Cuando contemplo a mis amigas del deportivo que ya saben hacer bucitos, que aguantan la respiración y que flotan, siento una envidia profunda porque yo ni siquiera puedo despegar los pies del piso ni soltarme de la orilla.

Cuando lo intento, los oídos se me tapan y ese mundo insonoro me desquicia, no escucho nada ni a nadie. El agua me entra por la nariz y quiero jalar aire y empiezo a toser y salgo temblando y asustada. Aparte, cuando meto la cabeza no veo nada. Y no puedo estar así.

Otros niños se lanzan con maromas y caen dichosos en medio de la alberca. Se suben unos encima de los hombros de los otros y se avientan con descaro. Su piel brilla con la mezcla de agua y de sol y gritan, gritan sonrientes, plenos y sanos con toda la energía y la alegría de los 12 años, cuando nada te quiebra. 

Me pregunto si se dan cuenta de que están acumulando momentos de felicidad para el futuro, para cuando la vida se ponga tan ruda que deberán recurrir a esos recuerdos para no romperse.

Un día de esos veranos, cuando mi frustración aumenta y mi autoestima se hunde todavía más, me armo de valor y les pregunto a esos niños: -¿cómo aprendiste a nadar? -Nee, nomás así me tiré y ya. 

Me siento un total fracaso. Nunca podré tirarme o soltarme así como ellos.

Pero de pie en la orilla del Río Ramos siento algo diferente. A lo lejos se oye el barullo de la gente, pero no recuerdo quiénes están ahí ni por qué llegamos a ese lugar de día de campo. Tampoco recuerdo qué están haciendo de comer. Puede ser que unos lonches con pan Bimbo o una carne asada. Realmente no me importa, solo sé que el río me habla y quiero intentarlo. Quiero ver si con él es diferente.

Observo las piedras, el agua cristalina y los pececillos minúsculos que se me meten entre los dedos de los pies.

-¿Lo intentaré? -me pregunto. -Sí, me voy a agachar, voy a ver si logro deslizarme, aunque sea tantito. 

Me armo de valor diciéndome que está bien bajito el río y que nadie me ve.

Primero me hinco en el agua. La tierra revuelta se desprende del fondo cuando poso las manos y las hago avanzar. Mi cuerpo se estira boca abajo. De repente siento que las piernas se me despegan del suelo.

Aguanto la respiración, meto el rostro, abro los ojos. No me pica el agua, que está tan clarita que me deja ver las enormes piedras grises de río.  Siento algo bonito por dentro. Suelto un brazo y me atrevo a soltar el otro y así, sin más, empiezo a deslizarme. 

¿Estoy flotando? Como no queriendo muevo los pies, primero uno, luego el otro. -Nee, ¿estoy avanzando? ¡Ay, sí, estoy nadando! 

Un ligero brote de pánico me surge cuando me doy cuenta de que estoy aguantando la respiración, de que efectivamente me estoy alejando de la orilla y de que está más hondo, pero de alguna manera logro aplacarlo y dejarlo en el fondo de la cabeza. 

Me siento tan libre, tan ligera. Tan suelta. Si me preguntan cuál es mi lugar y mi momento favoritos, a mis 12 años ya sé qué decir.

Cuando llego a la otra orilla, de la emoción me voy de lado y pierdo el control, pero logro pararme sin tragar agua. Me siento jubilosa. ¡Lo logré! Mundo, les aviso que lo logré. 

Me hablan para comer y voy con una sonrisa de oreja a oreja, temblando de alegría. Alcancé la felicidad, me digo, y la guardo para mí. No la comparto porque es mía y porque sé que me van a dar una regañiza por andar sola en el río.

Pero acabo de alcanzar una de las más grandes victorias de mi vida y no quiero que me la agüiten. Yo sé que desde ese momento todo será diferente.

*

¿Acabó el trauma?, ¿me volví diestra en el arte de la natación?

Tristemente, no lo he vuelto a lograr ni en ningún río, ni en una sola alberca, ni siquiera en un chapoteadero. Lo he intentado, y tengo una esposa sirena que escucha el mar y tiene en el agua a su primer elemento. Seguro algún karma me persigue.

Algunas veces he pensado que soñé que era una niña que iba a un río en un día de campo y que lograba meterse al agua entre pececillos diminutos y piedras sonrientes y cruzaba flotando al otro lado, abrazada por una corriente generosa y maternal.

Pero, también puede ser que no lo haya soñado, que haya sido real. 

Estos días de vacaciones, mientras veo el glorioso e impenetrable mar a una distancia prudente para una mujer que no sabe nadar y está a punto de cumplir 50 años, recuerdo el día que soñé o viví ese momento de felicidad: cuando el río me abrió sus brazos y me dijo al oído que aunque fuera un solo día de mi vida, yo iba a nadar.

Y me quedo en paz.


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