Esa primera lectura que te marcó

«Cada mañana, entre el humo y el olor a aceite del barrio obrero, la sirena de la fábrica mugía y temblaba. Y de las casuchas grises salían apresuradamente, como cucarachas asustadas, gentes hoscas, con el cansancio todavía en los músculos. En el aire frío del amanecer, iban por las callejuelas sin pavimentar hacia la alta jaula de piedra que, serena e indiferente, los esperaba con sus innumerables ojos, cuadrados y viscosos. Se oía el chapoteo de los pasos en el fango. Las exclamaciones roncas de las voces dormidas se encontraban unas con otras; injurias soeces desgarraban el aire. Había también otros sonidos: el ruido sordo de las máquinas, el silbido del vapor. Sombrías y adustas, las altas chimeneas negras se perfilaban, dominando el barrio como gruesas columnas».

Inicio de La madre, de Máximo Gorki

Creo que todos tenemos una primera lectura que nos dejó sin aliento, como tirados en la banqueta, sudorosos y con el corazón agitado. La mía fue La madre, de Gorki.

Estaba en secundaria, en segundo año, creo, o quizá en primero, realmente no lo recuerdo bien, y en la clase de Español veíamos el recurso de la descripción como elemento esencial de las obras realistas, y de ejemplo teníamos que leer un fragmento en el libro de texto que llevábamos. 

Todavía hoy recuerdo cómo me voló la cabeza. Primero lo releí varias veces sacudida por la nitidez de la imagen y luego me perdí unos segundos en el horizonte, como si mi mente se hubiera ido de viaje al limbo y solo mi cuerpo se hubiera quedado en el mesabanco. 

El salón en el que estaba daba al patio principal de la secundaria 33, la Emeterio Lozano, y la maestra Ana María nos pidió hacer una descripción de algo a partir de la lectura, pero yo no hice nada, no pude. Me quedé perpleja, como si supiera que desde ese día ya no sería la misma.  

No era novata en la lectura de historias. Ya había leído el Tesoro de la Juventud y Mi Libro Encantado, estas colecciones de 20 y 13 libros, respectivamente, hechas para alentar la lectura, y en verdad cumplían su cometido porque me encantaban y me entretenían. 

De hecho, en esos años 80 del siglo pasado, mi mamá sentía mucha preocupación por inculcarnos la lectura, así que en la casa, pese a las dificultades económicas, nos tenía una biblioteca muy digna con clásicos de la literatura universal, biografías de personas destacadas, diccionarios de historia de la música, novelas de Selecciones de Reader’s Digest, el Diccionario Enciclopédico de México, que me servía mucho; la enciclopedia EDAF, donde consultaba el material para las tareas, y hasta se endrogó no sé por cuánto tiempo para comprar una bellísima colección de 30 tomos encuadernados en imitación piel negra de la enciclopedia Britannica.

Así que cuando volví en mí después de mi viaje por el limbo pensé en los libros que había en la casa y la pregunta que me hice me dio un golpe de adrenalina: ¿estará el libro en el estante de la izquierda del librero, justo en medio, entre los otros libros cafés que dicen clásicos de la literatura universal?

Me agité en el asiento, eran las 11 de la mañana y faltaba todavía una hora y media para salir de la escuela y otra hora para llegar a la casa, entre la ida en el microbús y la caminata.

Pero algo me decía que tuviera paciencia, que entre los tomos de señores como Honorato de Balzac, Lope de Vega, Alejandro Dumas, Homero y Virgilio, seguro estaba uno que decía La Madre, de Máximo Gorki.

Así que la tuve. Llegué a casa y lo primero que hice fue aventar la mochila en el suelo e irme sin escalas al librero de la sala.

Lo encontré. Ahí estaba, justo en el lugar al que mi mente me había llevado horas antes. 

Lo leí en dos días. Y me mortificaba, lloraba y me llenaba de angustia e indignación por la vida tan injusta de Pavel y, sobre todo, de Pelagia. Se me hinchaba mi pecho adolescente cuando Pavel hablaba de la libertad de los obreros y de sus derechos. Y leía que los libros que Pavel leía lo iban cambiando, y a Pelagia también. 

Han pasado 38 años de esa lectura con la que inicié un bonito maratón literario que sigo corriendo, a veces con más ganas que otras, pero que sin duda me cambió la vida. Por eso, cuando vuelvo a mi lista de libros indispensables siempre aparece ese título, y es porque regreso a ese día en que, estando en segundo de secundaria, en la clase de Español con la maestra Ana María, se me puso la piel chinita y me quedé mirando al horizonte, atónita ante, lo definiría después, el poder de la literatura. 


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