Hace unos días soñé que estaba en mi casa y de repente, dos goteras comenzaban a caer del techo. Una era inmensa y caía como si hubiese abierto la llave del agua. Angustiada, ponía una tina para contenerla. La otra, a un par de metros de distancia, era apenas una mancha de humedad.
Desesperada, en el sueño pensé: “Voy a llamarle a David para que las arregle”. David es un compañero de preparatoria que tiene un negocio de impermeabilización y en la vida real ya me había apoyado con estas reparaciones en mi casa anterior.
¿Qué goteras hay en mi vida que tengo que arreglar?, ¿sobre qué me siento ansiosa, frustrada o temerosa?, ¿qué está mal?, pensé al despertar y reflexionar sobre el sueño.
Me abrumé por el mensaje que el inconsciente trataba de mostrarme y que yo no veía.
Después de unos minutos de darle vueltas al sueño, me detuve y me dije:
“A ver, ya bájale, todo el tiempo hay algo que se descompone en una casa, de la misma manera que todo el tiempo hay algo que atender en nuestras emociones”.
Y de verdad sentí que se me quitaba un peso de encima.
Me di cuenta de que no vale la pena agobiarnos imaginando un futuro perfecto en el que no habrá goteras, ni paredes que pintar, ni electrodomésticos que arreglar o cambiar. Siempre hay que llevar el carro a la afinación y revisar las tuberías del gas.
Y aún así, algo puede pasar porque la casa se vive y se usa.
Lo mismo pasa con nuestras emociones. No podemos esperar que todos los días todo esté perfecto en nuestra vida emocional. Es frustrante imaginar que en el futuro todo estará en equilibrio, sentiremos alegría permanente, nos sentiremos seguras y serenas porque nuestra vida será la que imaginamos. Ningún sentimiento de enojo, frustración, angustia o miedo nos tomará por sorpresa.
Y la realidad es que el sol y la luna siguen saliendo y nos levantamos de buen o mal humor según lo dicten las hormonas, el insomnio o el dolor de la rodilla, entre muchas otras circunstancias.
Un día nos pesa lo que ocurre en el mundo y quizá otro día nos da exactamente lo mismo. Un día nos sentimos fuertes y llenas de energía para hacer nuestra rutina de ejercicios, y al día siguiente estamos débiles, gruñonas, con hipocondria y queremos comida chatarra.
Aunque cuidemos nuestra salud física y mental, nos ejercitemos y nos alimentemos adecuadamente, aunque seamos personas responsables, conscientes y amables, habrá días en que las cosas simplemente no saldrán como queremos o imaginamos.
Y eso no significa que algo esté mal con nosotras. Simplemente será que ese día habrá goteras, porque las goteras también son parte de la vida.
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