Eran alrededor de las 8 de la noche de ayer sábado, cuando me enteré de que se cancelaba el #mediomaratón de Emoción Deportiva programado para unas cuantas horas después.
Como buena Géminis que soy, varias emociones me traspasaron la cabeza y el cuerpo, una tras otra.
No lo sé bien, pero creo que primero me decepcioné; después estoy segura de que me frustré. Y entre una y otra sentí alivio.
Debo confesar que el alivio fue la emoción que más alarmas me prendió en la mente.
Pero no es que las emociones se elijan, aparecen en automático ante cualquier botón externo.
Así que eso sentí mientras cenaba mi sandwich para completar la dosis de carbohidratos que, según yo, necesitaba para terminar entera.
Aclaro que ya había comido como bestia: pasta con carne al mediodía y por la mañana unos chilaquiles que me enchilaron el alma.
Pero la decepción por la cancelación no solo venía por las calorías extra que cargaba.
Era más profunda.
Ese 21k era el primero que haría a mis todavía 50 años.
Mi primera carrera así de larga. Y significaba mucho.
Primero porque me había inscrito en enero, cuando planifiqué mis carreras del año.
Segundo, porque las circunstancias me habían impedido correr dos anteriores.
Era la tercera y la vencida. ¡Y la cancelaban cuando ya tenía mi número y mi brazalete de corredora senior!
Lo que más me angustió es que había una promesa detrás de ese esfuerzo de la mañana del domingo.
Los kilómetros llevaban dedicatoria.
Los primeros 10.5 kilómetros eran para mi esposa, como metáfora de nuestros cuatro años juntas, de los ires y venires, las subidas y bajadas.
Y los otros 10.5 kilómetros, para mi cuñado Arturo, al que habría querido conocer para cantar juntos a Daniela Romo y que hoy cumplía 48 años siendo un bello polvo de estrellas.
Así que cuando, primero por WhatsApp y luego por Instagram, supe de la cancelación, me pasó el abanico de emociones que me despeinaron la menta y el alma.
Era mucho lo que había apostado y tenía un buen juego de cartas: Había entrado disciplinadamente y era dar un paso de autoridad en el mundo del running. Decirme corredora en toda la extensión de la palabra.
Y nada.
Después llegó la otra emoción que no pude nombrar hasta hoy en la mañana: alivio.
Alivio nacido del miedo. Me di cuenta de que en el fondo tenía miedo de no lograrlo.
El dios de la procrastinación me estaba dando otra oportunidad para entrenar más, prepararme mejor.
Y, en el fondo, la mente me invitó a entrar al túnel cómodo del “igual y me aviento unos 8 kilómetros y descanso”.
No pasaron ni tres minutos cuando leí el mensaje de mi coach Erik Pérez en el chat: Era el llamado a no dejar de hacer distancia. Que por fa hiciéramos de 16 a 18 km.
“¿Y dónde fregados correré esos kilómetros?”, me pregunté.
Ya estaba instalada en la zona oscura de la mente. Pensé en la caminadora, el camino fácil.
Pero recordé que hoy era 27 de abril y que cada fin de mes el Instituto del Deporte de la Ciudad de México organiza el ciclotón: 62 kilómetros de camino libro por grandes avenidas.
Y me dije: “okay, correré los 16 kilómetros que dijo el coach, sirve que conozco la ruta”.
Hoy por la mañana, más en modo de mejor no me esfuerzo, empecé a trotar.
Llevaba dos geles, agua, el celular y, aunque casi no lo hago, llevé música.
Ahora creo que intuitivamente no quería escuchar a mi mente diciéndome que parara.
Puse en marcha el Garmin.
A los dos kilómetros llegué trotando al circuito en los cruces de Río Churubusco y División del Norte y algo pasó.
Esa avenida por la que siempre pasamos a 80 km/h en el auto, era un bullicio de ciclistas y corredores.
Y me animé.
Al cuarto kilómetro pensé: “¿y qué tal si en lugar de los 16 kilómetros me aviento los 21?,
total, ya estoy aquí”.
Y corrí mi media maratón.
Fui disfrutando las subidas y bajadas de Churubusco, Mixcoac, Patriotismo, Mazatlán y Durango y luego de vuelta.
Sentí el aire corriendo por la espalda mientras sonaba The Best de mi Tina Turner.
Me sorprendió llegar entera al kilómetro 15, mi distancia más larga hasta entonces, mientras escuchaba Thank you de Alanis Morissette.
Me empezaba a molestar el segundo dedo del pie derecho, pero no le hice caso.
Me pasó un chico en bici que llevaba música de José José.
Encontré un ramo de rosas rojas en pleno recorrido.
Los pétalos se esparcían por la calle como camino de novia y pensé que seguramente había una historia de decepción detrás de ellos.
Fui feliz, no por la decepción de los enamorados, pobres, pero sí por el esfuerzo que estaba realizando y el goce que estaba sintiendo.
Por el kilómetro 18 me tocó una subida que me hizo maldecir a Murakami por asegurar en su libro de memorias de corredor que después de los 40 años ya no mejoras tus tiempos.

Mi ritmo era el más lento de la historia y Murakami me susurraba al oído que con el paso el tiempo sería peor.
Afortunadamente, unos cuantos metros después, entre niños en patines y bicicletas, ciclistas veloces y L’arena, de Morricone, olvidé la ofensa.
Cuando el Garmin marcó los 21 kilómetros me invadieron la alegría y la satisfacción.
Había corrido mi primera medio maratón.
No como lo había planeado, pero tal vez, mucho mejor.
No hubo medalla ni foto en la meta.
Pero cumplí uno de mis sueños de mediana edad.
Dediqué mis kilómetros como lo había prometido.
Obtuve mi badge de Garmin.
Escarbé un poco más en mis emociones.
Superé a mi mente.
Me conquisté a mí misma.
¿Qué más se le puede pedir a un buen domingo?
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