
Por Katia Montserrat González Granados
Las jacarandas de los árboles se combinaban con el color de la lucha, las calles se observaban moradas y verdes. Al son de tambores, baile, gritos, consignas y mucha fuerza comenzó la protesta por el 8 de marzo, por el Día Internacional de la Mujer.
-¡No hay nada que celebrar!
-¡Vivas se las llevaron, vivas las queremos!
-¡Las niñas no se tocan!
Se escuchaban consignas de todo tipo y por todos lados, la Glorieta de las Mujeres que Luchan, el Monumento a la Madre, el Frontón México, el Ángel de la Independencia y Reforma fueron puntos desde los cuales se percibió la fuerza y la energía de las mujeres.
En cada punto de reunión se preparaban para salir a la calle. Desde el Monumento a la Madre se podían observar cientos de mujeres elaborando carteles, cargando flores, esperando amigas, dejando fotografías en un tendedero de personas desaparecidas y con paliacates verdes y morados, vendedoras ambulantes se hicieron presentes apoyando y vendiendo artículos significativos de la lucha feminista.
Con flores levantadas hacia al cielo para recordar y honrar a las que ya no están inició el recorrido hacia al Zócalo: infancias, jóvenes, adolescentes, adultas mayores, mamás, primas, hermanas, amigas, todas íbamos a un mismo paso y ritmo. A las 13:00 horas un grupo que se hallaba frente a la exglorieta de Colón, entonó su canto, un cuanto dedicado a todas las mujeres víctimas de feminicidio. Consigo llevaban una lona con el nombre de Ximena Rangel, una chica de 16 años de edad víctima de feminicidio que fue atacada con arma blanca por tres hombres.
Continuó el camino hacia un único destino, el Zócalo capitalino, en donde se reunirían los demás contingentes que salieron este día. Con un calor de 33 grados centígrados, la marea morada pasó por el Palacio de Bellas Artes con una energía y una fuerza que amplificaba una misma voz, la voz de las que ya no están.
Se podían observar los monumentos blindados, mujeres policías atentas a la orden, una joven pintando las paredes de Centro Histórico, carteles levantados, morras brincando y la presencia de la euforia.


Al ritmo de «¡la que no brinque es macho, la que no brinque es macho!», llegamos al Zócalo capitalino. Eran aproximadamente a las 14:30 horas, y cientos de mujeres fueron ocupando un lugar en este espacio de fuerza y resistencia, de protesta, de exigencias, donde todas somos una.

El momento de la hoguera
Llegó el momento de la hoguera, espacio en el que las mujeres podían soltar un escruto con lo que pesara y doliera, eso que está en lo más profundo del ser humano. Fue más de una la que se acercó a la hoguera a quemar su dolor. En ese momento, como en toda la protesta, la empatía tomó cara propia.
Después de presenciar la marcha de 8M, me dirigí a Palacio Nacional, completamente cubierto por vallas. Las morras habían armado ahí su propio museo, elaborado con historias de vida, con coraje, con dolor, con resistencia, con sororidad. Para este punto el reloj marcaba las 16:42 horas. Cada palabra de cada cartel que leía me resonaba y me dirigía al comienzo de la marcha, porque ¡VIVAS SE LAS LLEVARON, VIVAS LAS QUEREMOS!
La autora es estudiante de la materia de Periodismo narrativo y de investigación en la UACM.
