Por Rodrigo Osorio Hernández
Camino presuroso por las calles de la Doctores. Martes. Mediodía. El calor me abrasa las sienes, el mentón, las ideas… Una primavera precoz le regala a las calles una que otra jacaranda y restos de violeta en el suelo. Nervioso, releo el escueto mensaje de Maya una y otra y otra vez (tan escueto como lo permite una app como WA y la ubicua falta de tiempo): “ya vi que no podré ir hoy, así que te la encargo, mijo”.
Con surcos de sudor en la frente, trato de formular preguntas para el poeta burócrata que me espera en una diminuta oficina de paredes blancas.
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Poetas burócratas hay por montones. En el pasado solía ser una suerte de premio, un cargo honorario al margen de lo que un poeta “realmente” hace o lo que la gente cree que hace. Misterio de misterios en la punta de la lengua, de las manos, de la pluma. Cuando pienso en poetas burócratas llegan a mi cabeza Kafka y Melville, dos de los mejores poetas en prosa de inicios del siglo pasado, y también, dos de los más infelices seres humanos que hayan tenido que hacer juego con un escritorio y las chucherías típicas del entorno oficinesco.
En México, claro, pensar en los casos de Paz y Chumacero nos trae la plácida imagen de los “aviadores”, servidores públicos tan “exquisitos” que no pueden, no merecen, plantarse en un hábitat de archivos, ventiladores y juntas bostezables. La alianza de poetas zalameros con el Estado otorga un lugar de privilegio, eco de la República platónica.
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José Ángel Leyva es una anomalía entre los poetas burócratas mexicanos. De inicio, suele presentarse a trabajar, no solo eso, su oficina se encuentra en las entrañas de un edificio despojado de todo glamour: la rectoría de la UACM.
Color salmón con franjas grises y descarapeladas, en la calle García Diego se levanta un estropicio con más cara de fábrica de jabón o ministerio público que de honorable centro de operaciones universitario. En la planta baja, en el extremo izquierdo de ese antiguo laberinto de remodelaciones mínimas que lo mantienen agónico, me encuentro con el área de Publicaciones. Una pecera repleta de escritorios y sillas y máquinas copiadoras y pilas de papel y oficinistas, con anaqueles de libros recubiertos de plástico empotrados a las paredes.
Antes de acudir al cadalso, me encierro en el baño y con letra de doctor escribo en una pequeña libreta las preguntas que se me han ocurrido entre la histeria y la temperatura de 30 grados centígrados.
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El plan original era el siguiente: acompañar a Maya a la entrevista con el poeta José Ángel Leyva, grabar, y transcribir posteriormente. Quizá colar una o dos preguntas mías durante la charla.
Acepto sin vergüenza mi condición de amateur, ser el escudero de una escritora con experiencia en estas desazones me vendría bien.
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En Palabrijes necesitamos textos con urgencia. Las últimas juntas de dictaminación nos han traído malos augurios: pocos textos y poco logrados. Los que han sido aceptados no revisten la totalidad de páginas del número siguiente. Bien se sabe que tiempo y dinero es lo que siempre hace falta en el mundo editorial, incluso en el que subsiste vía apoyos del Estado.
La entrevista con Leyva, entonces, significa un respiro (un boqueo con el anzuelo bien clavado) antes del deadline.
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Se suele decir que la conversación es un arte. Dicho trillado aparte, se obvian elementos fundamentales del acto de habla. No solo se trata de cacarear y expeler aire caliente. Todo aquel que ha tenido una conversación significativa en su vida sabe que hay una combinación de ingredientes que hacen de las palabras un banquete, la escucha, los gestos, los silencios, las ideas/palabras que se entrecruzan, chocan, vuelven a entrecruzarse y a chocar y se complementan entre sí.
Y yo tengo el mal hábito de quedarme callado y, en el mejor de los casos, el balbuceo.
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La entrevista es un bicho raro en la taxonomía de las conversaciones. Gira en torno a un tema específico, generalmente la figura del entrevistado, algún evento que presenció o del que fue protagonista, o un tema del que se le considera experto.
Sospecho que por la edad de mi entrevistado (66 años), hablar de las nuevas formas de censura y autocensura (tema de la convocatoria actual en la revista) podría resultar complicado. Viene de una generación que rompió los límites y los moldes de su tiempo (como se supone toda juventud debe intentar), Javier Sicilia, Antonio Deltoro y Mario Santiago Papasquiaro, entre otros, antípoda de lo que “las buenas conciencias” en redes sociales pretenden en la actualidad con comentarios de máximo 140 caracteres o un emoticon iracundo.
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José Ángel Leyva no espera esta entrevista. Antes de empezar dice con una sonrisa “ni siquiera me acordaba”. Curiosamente, el efecto de sus palabras me hace sentir un poco menos nervioso.
Es un hombre de estatura baja, dudo que llegue al metro setenta. Tiene el cabello un tanto largo y peinado hacia atrás, filas de canas lo recorren. Se viste con camisa blanca y pantalón de vestir café, sin corbata, entre casual y formal.
Su voz es firme y se pasea por la habitación. No habla, recita. Es decir, escribe en su mente y pronuncia el resultado de una sinapsis meteórica. Sin embargo, no resulta chocante.
Coloco el teléfono entre nosotros con la app superecorder lista, me sirvo café de mi termo, gesto que lo hace reír, “vienes preparado”, nada más lejano a la realidad, e inicio con la entrevista.
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En medio de encuentros y desencuentros de palabras e ideas, de edades y visiones del mundo diferentes, el silencio se materializa un momento entre un poeta burócrata y un escritor joven.
El canto de los pájaros desciende por la ventana de la oficina.
El autor es estudiante de la materia de Periodismo narrativo y de investigación en la UACM.
