Sobre cómo enfrentar el miedo

Crónica de una primeriza en la marcha del 8M
Formas de protesta durante la marcha. / Foto: Ángela Hernández Lozano

Por Ángela Hernández Lozano
Miedo, esa es una de las palabras que podrían describir la marcha que se realiza cada 8 de marzo. Desde el transporte público se podían escuchar los comentarios de los usuarios: “estas viejas volverán a hacer su desmadre, por eso salí temprano”. El
miedo no solo se encuentra entre las madres que lloran la desaparición de sus hijas,
sino en el despertar la conciencia colectiva.

Es precisamente por el miedo a lo que muchos medios de comunicación difunden que se ha generado un resentimiento hacia el 8 de marzo disfrazándose en burla, rechazo e ira. El miedo irracional nos impide ver que es lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Los índices de feminicidios hablan por sí mismos: una de cada diez mujeres muere en nuestro país cada día.

Para alguien como yo que nunca había asistido a la marcha feminista, el miedo
también formaba parte de mi imaginario, no solo por la violencia que mi inconsciente
creó, sino por la desinformación que tenía. Cada colectivo que postea en redes
sociales siempre coloca la misma recomendación: “no vayas sola a la marcha”,
“comparte tu ubicación en todo momento”.

Como primeriza en la marcha, me interesé en investigar todo lo que podía sobre el
movimiento, cada recomendación y dato curioso era anotado en mi cuaderno de
apuntes. Viniendo de una familia patriarcal opté por no revelar mi pequeña aventura
clandestina. Los datos en internet son interesantes como desgarradores. Desde el
surgimiento del movimiento feminista en el siglo 19 hasta la fecha, la finalidad de la
marcha podría resumirse en la lucha por los derechos sociales, políticos y
económicos de las mujeres, así como en manifestar la violencia de género, la
desigualdad y la discriminación.
En un país donde hay medios de comunicación
que minimizan la violencia y la ciudadanía aboga por una pared parece que los objetivos están lejos de lograrse.

En mi búsqueda me sorprendió encontrar la diversidad de contingentes en las que
puedes participar. Grupos creados por feministas proaborto, defensoras de
infancias, colectivos mixtos, de apoyo a la comunidad trans entre otros. Cada grupo te invitaba a participar formando espacios donde cada asistente pudiera sentirse
segura en todo momento. Incluso las personas que asistían por primera vez o
residían en ciertas zonas, se organizaban para ir en grupo y nadie se fuera sola. La
sororidad
también es producto de la violencia que dio origen a esta manifestación en nuestro país.

Las zonas y horas de encuentro también eran distintas. Desde la Glorieta de las
mujeres que luchan, Monumento a la Revolución y el Ángel de la Independencia se
daban los grandes conglomerados teñidos de morado. En el metro o en las calles
podrían apreciarse mujeres vestidas con el característico color, con carteles que
llenaban los espacios y por un momento te hacen olvidar el miedo de ir a un espacio
nuevo. En el aire puede escucharse la consigna “la policía no me cuida, me cuidan
mis amigas” reforzando el mensaje de empatía que el sistema de poder carece.

Al punto del mediodía, con una temperatura de 28 grados, comenzaron a conglomerarse los distintos grupos alrededor de Revolución. Mujeres mayores se sumaron por primera vez a esta experiencia formando su propio colectivo, así como grupos con infancias, organizaciones de derechos humanos, mujeres indígenas, universidades y otras organizaciones.

En búsqueda

El ambiente era pacífico, grupos de personas realizaban sus carteles, algunos con brillantes colores, imágenes representativas. Mientras tanto, los colectivos de búsqueda cargaban con lonas en las que venía reflejado el dolor y el sufrimiento de un gobierno que no los escucha.
Se estipula que tan solo en 2022 los casos de personas desaparecidas y no
localizadas alcanzó hasta los 100 mil casos y esto no ha parado de crecer. En un
periodo de seis años la desaparición aumentó en un 16.6 por ciento, según el Instituto Mexicano de Derechos Humanos. En nuestro país miles de padres aún siguen esperando a sus hijas.

El señor Pedro Cruz busca a su hijo desde hace más de seis años y la fiscalía no ha hecho nada, cada noche llega a su casa con la ilusión de ver a su hijo en la mesa, pero se queda con la espera, porque la silla siempre está vacía. En medio de la multitud, pedía justicia por la resolución de su caso.
Miles de fichas de desaparecidos se miraban en las lonas, los ojos de los padres,
hermanos, hijos y amigos que buscan a sus hijos están llenos de tristeza que hace
estremecer a cualquiera.

Los pequeños y grandes colectivos comenzaron a unirse. Pronto ya no se miraban
partes aisladas sino un gran conglomerado que avanzaba lentamente
de Revolución hacia el Zócalo. El calor se manifestaba, pero las
consignas se escuchaban fuerte y claro, con megáfonos, tambores y distintos
elementos los participantes buscaban hacerse escuchar. Aquellas que no pudieron
asistir o que eran víctimas del miedo tenían la garantía que había gente gritando por
ellas.

Emoción primeriza

Cada paso era tranquilo, pero la emoción que causó a una primeriza es difícil de
describir. Hay tantas cosas pasando por tu cabeza, tantos nuevos cuestionamientos y tanta curiosidad por descubrir que sucederá a continuación. Al llegar al caballito amarillo se visibilizó un grupo mucho más grande que con el que comenzaste, todo se cohesiona tan naturalmente.

No había avanzado lo suficiente cuando la sed comenzó a ser un obstáculo. No
obstante, donde quiera se observaban se ven los pequeños negocios ofreciendo
agua, comida y artículos relacionados a la marcha.

Con los brazos abiertos y la garganta hidratada se gritaba con euforia las consignas feministas. El humo de color morado y rosa comenzó a teñir el aire simbolizando la lucha por la igualdad contra la discriminación.

Denuncias de todo tipo podían verse reflejadas por todas partes. La gente acusaba
colocando nombres y fotografías de sus abusadores. Diversas instituciones fueron
denunciadas por permitir el acoso en sus instalaciones. Al caminar por la alameda vi
a la UACM. Es curioso que horas antes en Facebook la página oficial de la universidad haya querido sumarse al apoyo contra la marcha, pero las situaciones de acoso y vulnerabilidad que sufren diversos estudiantes son ignoradas.

Todo parecía pacífico, pero al ingresar al Zócalo se percibía una sensación diferente. Los hombres caminaban a los costados con normalidad, no eran molestados si no intentaban provocar intencionalmente. En las azoteas y balcones a los lejos se miraban distintas personas, algunas alentaban a los feministas mientras otras miraban como si fuera algún espectáculo de un circo. El miedo se veía reflejado en forma de rechazo y aunque fuera una mirada podía percibirse por su descaro.

En el cielo pasaban helicópteros y drones. Cada vez que lo hacían las protestantes
levantaban sus carteles. Era como si en cada oportunidad trataran de gritar a que
habían venido y el deseo de que lo supieran por todos los medios.
Las maneras de manifestación eran diversas, como la marcha en sí misma. El Zócalo era tan grande que daba tipo para cualquier tipo de expresión, músicos tocaban, algunas hacían representaciones artísticas y simbólicas. “Los medios de comunicación y la prensa amarillista no nos representan”.

El bloque negro

En los extremos de la Catedral y el Palacio Nacional había grandes muros de
metal colocados estratégicamente para que las feministas no pudieran penetrar los espacios. Al pasar de las cinco de la tarde comenzó a escucharse un ruido cada vez más penetrante. El bloque negro estaba presente en los altos muros de metal, los golpeaba rítmicamente: “no se van a caer los vamos a tirar”, como si quisiera derribar el muro de Berlín nuevamente y deshacerse de un sistema opresor.

El bloque negro está compuesto por feministas más radicales, no
solo son aquellas que pintan paredes y rompen cosas, son mujeres
que se encargan de la protección y cuidado de otras feministas durante la
marcha. Es difícil poder acceder a este bloque, ya que para entrar se necesita
del conocimiento de primeros auxilios y defensa personal. Hay una regla clara
que debe conocer cada participante de la marcha y es que las fotografías y
videos al bloque negro están estrictamente prohibidas. El bloque negro es un colectivo anónimo cuya identidad se protege, mas allá del amarillismo son el
símbolo de protección de la marcha.
Cuando percibe que la situación se sale de control, trata de intervenir,
hacen cadenas frente a las manifestantes, intentan causar miedo. El cielo se tiñe de diferentes colores, morados, rosados, pero también naranjas y grises ocasionados por las bombas de humo de los policías que juraron proteger a la ciudadanía.

Pero no todo es violencia, también pudo observarse frente al Palacio
Nacional, un escenario donde diversos manifestantes denunciaban situaciones
de vulnerabilidad. Es imposible no sentir empatía cuando a los padres les
tiembla la voz al hablar de que sus hijos no han vuelto, no saben donde
están o si ya comieron.
En otros extremos, feministas regalaban flores y dulces a los policías. El debate
está dividido y la sororidad puede ser contradictoria, a pesar de que las
policías trabajan para el estado se cree que debe haber una sana convivencia
porque también son mujeres. En el fondo un testimonio de la señora Karen
Salazar provocaba una profunda reflexión sobre si los gobiernos van y vienen o
no existe un cambio real. Pedro Cruz respaldaba la idea de que no hay
autoridades: “no somos hijos de gobierno, de políticos o narcotraficantes, no
importamos”.
Al ocultarse el sol la población comenzó a desplegarse, los colectivos se
contaron y se cuidaron para volver a casa a salvo. En todo lugar
quedó una huella, un símbolo de las que se atrevieron a enfrentar sus miedos.

La autora es estudiante de la materia de Periodismo narrativo y de investigación en la UACM.