Donar sangre: Un tormento que no fue

Llego al Centro Médico Nacional 20 de Noviembre del ISSSTE en la Ciudad de México ya resignada a esperar y con el pesimismo asomándose por un cajón de la mente.

Donar sangre, en mi experiencia, siempre había sido un rosario de tormentos: entre el anótese en la lista, espere para checarle los signos vitales, firme aquí que está conforme, espere para tomarle la muestra, y luego fíjese que siempre no, han sido fácil unas 2-3 horas. Y, si después de ese purgatorio, cuando ya estoy harta, me dicen «sí podrá donar», es esperar de nuevo, quizá otra hora o dos a que me llamen y me saquen sangre para ahora sí, ganarme el cielo y un lonche, ya no tanto por mi generosidad, sino por el aguante.

Supongo que toda esta burocracia que millones hemos enfrentado es la cereza en el pastel que desalienta la donación en nuestro país.

Y es que donar sangre de por sí es un acto heroico porque además de someterse a ese reto de paciencia hay que ayunar y cumplir muchos requisitos necesarios, claro. También hay que considerar que ver sangre sí puede generar temor a muchas personas y claro que la aguja duele cuando entra al brazo.

Así que cuando creo que pasaré por todo esto otra vez, ocurre lo inesperado: un reloj suizo funcionando a la perfección para hacer más llevadero el proceso.

No sé si porque voy a las 3 pm, cuando el banco de donadores está vacío, pero me encuentro con una atención rápida, eficiente y amable. En total, el proceso dura una hora.

Primero el registro y luego la toma de la muestra. Check. 10 minutos. A unos pasos, los signos vitales y la entrevista con la responsable. Preguntas esenciales: si he donado antes, cuándo me hice el último tatuaje, hepatitis en la niñez. Todo check en 15 minutos y el cielo se abre: «sí va a poder donar». Genial. Pienso: «Bueno, valió la pena».

Tras la entrevista, literal, espero un minuto y todavía no estoy preparada mentalmente cuando me hablan para hacerme la toma. Tarda más el técnico en explicar el proceso y yo en hacer la encuesta de servicio, que la extracción en sí misma: 5 minutos. Luego, esperar otros 5-10 minutos en lo que el chico se da cuenta de que no veo el mundo dar vueltas para que me mande al comedor con mi bolsita de lonche del Dr. Chapatín, y la instrucción de que hasta que me lo acabe me puedo ir y si me mareo, regrese.

El premio por la espera: La bolsita del dr. Chapatín.

Confieso que me sorprendí. No me esperaba ni la sensibilidad ni la eficiencia. Esperaba caras cansadas y fastidio. Esperaba un tormento que no fue.

En mi experiencia anterior en otros hospitales, el tormento sí ocurrió. La primera vez me dijeron que no y la segunda sí logré donar. Ya me sabía las dos historias; por eso la sorpresa

No sé si eso suceda en el turno matutino o el fin de semana, cuando los chilangos tienen más tiempo de ir al banco de sangre. Solo digo que me sorprendí para bien, y mi pesimismo en el sistema se metió tantito al cajón y salió la esperanza de que igual y sí, cuando la gente trabaja con orden, eficiencia, cada uno haciendo lo suyo, las cosas sí salen.


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