Elogio a una ardilla activista

En esta vida contemporánea, las ardillas le están haciendo un gran favor a la humanidad. Para quienes no lo saben, estos roedores ejercen su dominio sobre los árboles de la Ciudad de México, pero también gustan de las emociones fuertes, así que, sin reparo, como grandes trapecistas del mundo animal, avanzan con soberana seguridad y soltura por la peligrosa maraña de 30 mil toneladas de cables eléctricos y de telecomunicaciones que nos rodean.

Debemos, en consecuencia, admirarlas: para mantener afilados sus dientes roen los cables de fibra óptica. El fenómeno, me dijo el cablero de Total Play que fue a revisar mi conexión tras un día completo sin internet, se puede ver en todas las colonias con abundantes árboles. Es decir, son decenas de llamadas las que reciben diariamente por un cable que rompió una ardilla.

Puedo, entonces, argumentar que al tener árboles contamos con la vecindad de las ardillas y, por lo tanto, un día u otro, elegirán el nuestro entre millones de cables de fibra óptica para roerlo y quedarnos sin señal.

No me ganaré las rifas Tamaulipas, ni el sorteo educativo ni el de la siembra cultural, pero sí mi cable será el elegido por una ardilla que trabaja en pro de la conexión humana y ejerce su lucha animal contra el imperio del cableado.

Y es que esta jugada maestra (no sé si la ardilla se paró y dijo voy a morder este cable o ya llevaba tiempo tramándolo) me hizo un favor que avanzó como piezas de dominó. Al quedarme sin internet, no tuve más remedio que usar mis datos para seguir trabajando. No pude avanzar mucho porque se acabaron. La tarea paró y yo me paré del escritorio. Pude ver y escuchar la lluvia intensa que por estas fechas de mayo cae profusamente por la ciudad. Y después, como no pude conectarme al streaming y ver un episodio de For all Mankind, no tuve más remedio que terminar de leer un libro que tenía tiempo de haber empezado, La dependienta, de la escritora japonesa Sayaka Murata, curiosamente sobre una mujer desconectada de los parámetros sociales que se esperan de ella.

A la ardilla le debo haberme movido del escritorio, haber escuchado de otra manera la lluvia y haber terminado de leer un libro.


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